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Me gustas cuando callas porque estas como ausente.

sábado, 19 de mayo de 2012

Jane Eyre- Fragmento




-¡Y yo le digo que me iré! -exclamé con vehemencia-. ¿Piensa que me es posible vivir a su lado sin ser nada para usted? ¿Cree que soy una autómata, una máquina sin sentimientos humanos? ¿Piensa que porque soy pobre y oscura carezco de alma y de corazón? ¡Se equivoca! ¡Tengo tanto corazón y tanta alma como usted! Y si Dios me hubiese dado belleza y riquezas, le sería a usted tan amargo separarse de mí como lo es a mí separarme de usted. Le hablo prescindiendo de convencionalismos, como si estuviésemos más allá de la tumba, ante Dios, y nos hallásemos en un plano de igualdad, ya que en espíritu lo somos.



-¡Lo somos! -repitió Rochester. Y tomándome en sus brazos me oprimió contra su pecho y unió sus labios a los míos-. ¡Sí, Jane!

-O tal vez no -repuse, tratando de soltarme-, porque usted va a casarse con una mujer con quien no simpatiza, a quien no puedo creer que ame. Yo rechazaría una unión así. Luego yo soy mejor que usted. ¡Déjeme marchar!

-¿Adónde, Jane? ¡A Irlanda!

-Sí, a Irlanda. Lo he pensado bien y ahora creo que debo irme.

-Quédese, Jane. No luche consigo misma como un ave que, en su desesperación, despedaza su propio plumaje.

-No soy un ave, sino un ser humano con voluntad personal, que ejercitaré alejándome de usted. Haciendo un esfuerzo, logré soltarme y permanecí en pie ante él.

-También su voluntad va a decidir de su destino -repuso-. Le ofrezco mi mano, mi corazón y cuanto poseo.

-Se burla usted, pero yo me río de su oferta.

-La pido, que viva siempre a mi lado, que sea mi mujer.

-Respecto a eso, ya tiene usted hecha su elección.

-Espere un poco, Jane. Está usted muy excitada. Una ráfaga de viento recorrió el sendero bordeado de laureles, agitó las ramas del castaño y se extinguió a lo lejos. No se percibía otro ruido que el canto del ruiseñor. Al oírlo, volví a llorar. Rochester, sentado, me contemplaba en silencio, con serenidad, grave y amablemente. Cuando habló al fin, dijo:

-Siéntese a mi lado, Jane, y expliquémonos. 

-No volveré más a su lado.

-Jane, ¿no oye que deseo hacerla mi mujer? Es con usted con quien quiero casarme.

Callé, suponiendo que se burlaba. 

-Venga, Jane.

-No. Su novia nos separa.

Se puso en pie y me alcanzó de un salto.

-Mi novia está aquí -dijo, atrayéndome hacia sí-: es mi igual y me gusta. ¿Quiere casarse conmigo, Jane? 

No le contesté; luchaba para librarme de él. No le creía.

-¿Duda de mí, Jane? 

-En absoluto. 

-¿No tiene fe en mí? 

-Ni una gota.

-Entonces, ¿me considera usted un bellaco? -dijo con vehemencia-. Usted se convencerá, incrédula. ¿Acaso amo a Blanche Ingram? No, y usted lo sabe. ¿Acaso me ama ella a mí? No, y me he preocupado de comprobarlo. He hecho llegar hasta ella el rumor de que mi fortuna no era ni la tercera parte de lo que se suponía, y luego me he presentado a Blanche y a su madre. Las dos me han acogido con frialdad. No puedo, ni debo, casarme con Blanche Ingram. A usted, tan rara, tan insignificante, tan vulgar, es a
quien quiero como a mi propia carne, y a quien ruego que me acepte por esposo.

-¿A mí? -exclamé, empezando a creerle, en vista de su apasionamiento y, sobre todo, de su ruda franqueza-. ¡A mí, que no tengo en el mundo otro amigo que usted, si es que usted se considera amigo mío, y que no poseo un chelín, no siendo los que usted me paga!

-A usted, Jane. Quiero que sea mía, únicamente mía. ¿Acepta? ¡Diga inmediatamente que sí!

-Mr. Rochester, déjeme mirarle la cara. Vuélvase de modo que le ilumine la luna.

-¿Para qué?

-Porque quiero leer en su rostro.

-Bien; ya está. Creo que mi rostro no le va a parecer más legible que una hoja tachada, pero en fin, lea lo que quiera, con tal de que sea pronto.

Su faz estaba muy agitada. Tenía las facciones contraídas y una extraña luz brillaba en sus ojos.

-¡Me tortura usted, Jane! -exclamó-. Por muy franca y bondadosa que sea su mirada, me escudriña de un modo...

-¿Cómo voy a torturarle? Si dice usted la verdad y su oferta es sincera, mis sentimientos no pueden ser otros que los de una gratitud infinita. ¿Cómo voy a torturarle con ella?

-¿Gratitud? Jane -ordenó, perentoriamente-, dígame así: «Edward, quiero casarme contigo.»

-¿Es posible que me quiera usted de verdad? ¿Qué se propone hacerme su mujer?

-Sí; se lo juro, si lo desea.

-Entonces, señor, sí quiero casarme con usted.

 -Señor, no. Di Edward, mujercita mía.

-¡Oh, querido Edward!

-Ven, ven conmigo -y rozando mis mejillas con las suyas y hablándome al oído, murmuró-: Hazme feliz y yo te haré feliz a ti.


Jane Eyre, Charlotte Brontë

1 comentario:

Konyta dijo...

Una palabra: WOOW! Cuando era pequeña recuerdo haber leído este libro, pero tenía sólo 8 años y el vocabulario antiguo me aburrió y jamás lo terminé de leer. Ahora me devoré el párrafo en 2 minutos. Es demaciado bueno, buscare el libro y lo leere. Me cayo tan bien Jane :B